En las afueras de Balcarce, una sierra aparece interrumpida por un vacío preciso: un corte seco en la ladera, un faltante que se vuelve señal. La casa toma ese “mordisco” como punto de partida y organiza toda su materia alrededor de esa ausencia. Más que un objeto aislado, se piensa como un dispositivo para mirar: un techo pesado que se alinea con la silueta de la sierra y fija, en primer plano, una nueva geometría desde la cual volver a leer el paisaje.
La decisión principal es una única estructura formada por seis bóvedas de cañón corrido de hormigón. No son sólo cubiertas: son la pieza que da la escala, la medida y el tiempo al proyecto. Dispuestas de manera continua, trazan una franja contundente, horizontal, que dialoga con el perfil quebrado de la sierra. Bajo ese espesor se negocian el sol, el viento y la sombra: la luz entra recortada, se desliza sobre los tímpanos curvos y, hacia la tarde, llega rasante, marcando con claridad el ritmo de las bóvedas en el interior.
La vida de la casa sucede por debajo de este plano estructural, entendida más como un recorrido que como un esquema funcional. No hay pasillos evidentes: el acceso a los dormitorios se produce a través de un paseo interno que se ensancha y se angula, que por momentos se define como estudio y por momentos como umbral. Ese trayecto se cruza en diagonal con la dirección de las bóvedas, de modo que el habitante no sólo ocupa los ambientes, sino que recorre la estructura, la bordea, la mira de costado, siente cómo se repite y se interrumpe. El espacio se vuelve así una secuencia de aproximaciones al techo, al paisaje y a los patios.
En contraste con la pieza rígida de hormigón, aparece un segundo sistema más próximo al cuerpo: muros blancos de ladrillo que entran y salen de la planta, continúan hacia el exterior, se quiebran para formar bancos, nichos, resguardos. Los patios se apoyan en esos muros y perforan la cubierta ajardinada, dejando que la vegetación ascienda dentro del módulo de las bóvedas. Los interiores se construyen entonces en relación inmediata con pequeños jardines: abrir una puerta es entrar a un dormitorio, pero también es encontrarse con un árbol, una sombra corta, una porción de cielo.
El clima de Balcarce, con vientos fuertes y persistentes, termina de afinar estas decisiones. Hacia el sur, los muros de ladrillo se disponen como líneas sucesivas que se pliegan, generando filtros, accesos y reparos. No funcionan sólo como cerramientos sino como marcos que encauzan el aire, prolongan la casa hacia el parque. Entre la franja dura de las bóvedas, el dibujo quebrado de los muros y la presencia siempre cercana de la sierra, la Casa del Mordisco busca ser un refugio preciso: una obra quieta, que se limita a sostener la sombra, el horizonte y algunos jardines bajo un mismo gesto.























